Ramón Frade, pintor de múltiples facetas
“Telegrafista, decorador, agrimensor, productor de teatro, arquitecto, diseñador de muebles, pensador y, por supuesto, pintor”, así se expresa la presentadora Myraida Chaves (1960-1921) en el autógrafo sobre nuestro polifacético ilustre, Ramón Frade, al cual puedes acceder en nuestro portal: https://autografo.tv/ramon-frade/. Su biógrafo principal, el pintor puertorriqueño, Osiris Delgado, ofrece en su libro Ramón Frade León, pintor puertorriqueño (1875-1954), un recorrido detallado por cada una de sus facetas, a las que se añade dibujante, actor, caricaturista, hasta consagrarse como pintor realista académico. El realismo académico, estilo artístico que capta el objeto cotidiano de forma naturalista alejándose del arte conceptual, parte en Frade de una profunda necesidad de afirmar las identidades antillanas, con énfasis en Puerto Rico y República Dominicana. Sus vivencias en su país natal y en las hermanas Haití y República Dominicana, además de España, Centro y Suramérica, le cincelaron como figura poliédrica de hondo pensamiento y mirada amplia.
Niñez de variados caminos en el arte
Desde su nacimiento y crianza se engendra la diversidad de caminos que conforman a este espíritu heterogéneo. Nace en Cayey el 6 de febrero de 1875. Es el más pequeño de los cuatro hijos (Josefa, Francisco Esteban, Eleuterio y Ramón). El árbol genealógico de su padre, Ramón Frade Fernández, traza ser pariente del sardo (proveniente de Cerdeña), Jaccome Fratte Manretti. Fratte llegó a Cayey a comienzos del siglo 18. Aquí se abrió paso como hatero, antes de regresar a Galicia y fundar una familia allá de donde saldrían Francisco Frade Sánchez y Ramón Frade Fernández, abuelo y padre del niño Ramón. Ambos emigran a Puerto Rico. Su madre fue Joaquina de León Guzmán. Esta se casó con Ramón, padre, cuando este llegó a Cayey desde Llanes, Asturias (Delgado 23).
Su padre fue fotógrafo de profesión, causa probable para que una de las proyecciones de Ramón Frade fuera su intenso deseo de captar la realidad desde una técnica que pretendía su reproducción formal manifestando su sensibilidad en la selección del material captado. Ni la fotografía ni la pintura realista ponen al artista en una relación de sujeción, todo lo contrario, tanto la una como la otra inciden en la realidad para hacerse parte de esta con la intención de provocar cambios. Sus ejecutantes reflejan un espíritu indomable.
También su padre trabajó como “carpintero, ebanista, reparador de cuadros, mecánico, relojero, boticario y agrimensor…” (Delgado 26), creaba y transformaba las materias primas con la mejor tecnología del momento. Se sabe que, de la interacción entre el recurso natural, la mano del ser humano y la herramienta, además de producir mercancía, se genera sensibilidad cultural en los grupos sociales. El padre de Ramón Frade es parte del quehacer cultural de aquel Cayey de fines del siglo 19, todo lo cual marcó de alguna manera a su polifacético y tenaz hijo Ramón.
De hecho, la primera pintura del ilustre cayeyano es Mi padre enfermo, hecha a partir de una fotografía de don Ramón Frade Fernández. Este trabajo data de 1890 (Delgado 32). De esta forma perpetuó en su vis artística la presencia paterna, pues este había muerto cuando Monche, como se le conoce, tenía apenas un año y medio de edad. Tanto la familia como el vecindario seguirían recordando al inquieto progenitor. La memoria del padre muerto se posiciona así en el presente del hijo para modificarlo.
En un primer giro de su espiral existencial, la exhaustiva responsabilidad que caracterizaba a la madre le lleva a tener que reconocer, que lo mejor para su hijo menor era que fuera adoptado por la familia vecina. Luego de la muerte del padre la pobreza atentaba contra la vida de sus vástagos. Esta nueva familia estaba formada por Nemesio Laforga, comerciante español adinerado, cuya esposa dominicana no es nombrada en ninguna biografía, pero se sabe que está vinculada con la oficialidad del país (Autógrafo Ramón Frade). El matrimonio no tenía otros hijos o hijas. Y en 1877, a los dos años de edad, se llevan al niño a vivir a Valladolid, de donde es Laforga, plenos de entusiasmo por causa del niño. Sin embargo, buscaron mantener siempre el vínculo de Ramón con su madre Joaquina (Delgado 26). Signo que connota las relaciones fraternales en el barrio de dónde es oriundo Ramón Frade. La familia natural y la adoptiva eran parte del grupo social de diversidad étnica y de clase que transformaba la zona.
De su segundo padre vendrá la vena teatrera. En 1880 se mudan a Madrid, donde su padre adoptivo funda el Teatro Tivoli. Por cuatro años el propietario luchó por sacar a flote la empresa cultural, pero quedó arruinado. Así que, en 1885, luego de pasar por Puerto Rico a saludar a doña Joaquina, deciden emprender nuevos derroteros comerciales en Santo Domingo, República Dominicana (Delgado 26). Al igual que con su padre natural, a Ramón Frade le bastó esta corta experiencia teatral en su crianza para mantenerla viva en su propio trayecto.
Adolescencia sumergida en el parnaso del arte
En República Dominicana, Monche se desarrollará en la pintura, pero en medio de su formación se convierte en artista teatral, acción lógica de quien vivió por un tiempo en el Tivoli madrileño. Con sus amigos Eduardo Betances y Defilló creó la Sociedad de Amigos La Lira con intención de realizar montajes líricos, aunque sólo pudo erigir en la calle del Arquillo un arco escultórico hecho de materiales perecederos (papel y trapos) para celebrar el cuarto siglo de la invasión española. Ese primer performance se aguó por culpa de un gran aguacero (Delgado 42).
Sobre el paso de Frade por las tablas dominicanas el investigador Osiris Delgado expone un suceso que marca su trayectoria dentro de un teatro lleno de humor:
Poco después fundan una Compañía de Cómicos y en la Villa de San Carlos habilitan el patio de una casa con un escenario y espacio para el público -que debe llevar sus propios asientos. Al no disponer de actrices, deciden hacerse de un repertorio teatral en cuyas obras quede excluido el sexo femenino. Así pues, debutan con el Duende en Palacio y se anuncia como obra de “capa y espada” (sin mujeres), toda en verso y cuyo argumento es el descubrimiento del duende que no es otro sino el “pintor furtivo” y esclavo de Velázquez, Juan de Pareja.
En la obra Frade hace el papel de Velázquez; Betances personifica a Pareja y Defilló a Tulio Quírico. Otro personaje, representado por el joven Silvio Pellerano, al disponerse a leer una misiva del Rey alumbra el “documento” con un mechero hecho de papel impregnado en petróleo y ajustado a una botella vacía. De más está decir que parte del éxito cómico se deberá al conato de fuego que provoca dicho mechero. (42)
La narración de Osiris Delgado deja ver la incursión de Frade en la confección de vestuario, zapatos y utilería para teatro de forma ingeniosa. El grupo obtiene éxito. Añade a su repertorio piezas de su propia creación. De la Villa de San Carlos se mudan varias veces hasta ubicarse en el patio de los Demallistres. En este lugar fundan el Teatro Apolo y la compañía teatral homónima. Según los anales históricos el Teatro Apolo es el primer teatro al aire libre de República Dominicana. El éxito los llevó a ampliar la oferta, así que escenificaron zarzuelas con efectos de sombras chinescas y prestidigitaciones. Contaban con una orquesta y su director; incluso, algunos músicos cobraban. Se contrataron también tiples (cantantes de voz aguda), que habían venido al país con otras compañías. Su arraigo provocó que el gobierno se interesara y solicitara un palco (44).
Esta compañía es catalogada por nuestro ilustre Eugenio María de Hostos (1839-1903) como uno de los primeros intentos de teatro nacional en la República Dominicana. En su ensayo “De teatro nacional” expresa:
Una deliciosa compañía de muchachos, alegres, vivarachos, emprendedores e impulsores que ojalá hayan llevado a la vida activa el espíritu de empresa y el impulso que entonces denotaban, ¡ojalá!… Ello es que se representaban cuantas piezas le caían en las manos, y que siempre tenían teatro lleno, y que no había en el barrio más hablada que las representaciones del teatro de los muchachos, ni hubo mejor corte a intrigas y acechanzas de perversos, ni tenían los niños de escuela y los mismos pilluelos de la calle un mayor interés de cada día ni empeño mejor y más laudable que el de asistir a la comedia en cada noche. (Anamín Santiago, Eugenio María de Hostos: praxis teatral, 338)
Se desató la Guerra de Independencia Cubana (1895-1898) y el Teatro Apolo colaboraba con ella. Esto provocó que cubanos entraran a la empresa. Incluso que se mudaran a otro patio ubicado en la calle Regina propiedad de un cubano. Cuando acaba la guerra baja la asistencia al teatro. Frade sugiere renovarlo llamándolo Teatro Heaureux, en alusión al dictador dominicano. Aquí el humor falló y se vieron obligados en cerrarlo (Delgado 44).
La diversidad de tareas en el teatro, Ramón las llevó a cabo dentro de una jornada laboral que lo desarrollará en varios oficios. Cuando llegó a Santo Domingo, diez años antes, había comenzado a trabajar en un almacén de provisiones para ayudar a su padre, a la par que estudiaba en la escuela preparatoria, que luego le permitiría ingresar en la Escuela Normal de Eugenio María de Hostos, con quien entabló una relación que fue más allá de lo pedagógico. Dos años más tarde, en 1887, ya está estudiando en la Escuela Municipal de Dibujo y Pintura de Juan Fernández Corredor. A partir de aquí comienza a darse a conocer como artista plástico. Esta formación le permite trabajar, justo a los diecisiete años de edad, como dibujante del periódico quincenal El Lápiz. Aquí corrió su arte dibujando memorables figuras, caricaturas y grabados a pluma (33-38).
De sus dibujos sobre el día a día de la capital dominicana pasa a dibujar para el historiador Rodolfo Cronan, quien preparaba su libro América. Le tocó ilustrar monumentos y lugares de interés histórico en la capital dominicana (38). Sigue desarrollando su espíritu inquieto que lo llevaba a aprender más y capacitarse en nuevas disciplinas. En 1892, en pleno auge como dibujante, se matricula en la escuela de telégrafos de la compañía francesa que había contratado el gobierno para el servicio telegráfico y el cablegráfico. Aprende con ahínco el oficio y el idioma francés hasta pasar sus exámenes y ganar una plaza en la estación central de la compañía (39). Por el día trabajaba y en la noche seguía estudiando en la Escuela Normal, además de continuar dibujando para El Lápiz.
De lleno en la pintura. Continúa su entramado sociocultural.
No puede demostrarse que su perfil polifacético haya sido heredado de su padre o impulsado por su padrastro, lo cierto es que Frade gana un certamen de pintura para esta época, lo cual le lleva a prepararse seriamente con el maestro Adolph Laglande, a quien conoció un día dibujando en la calle, gracias al francés que había aprendido en la escuela de telégrafos. El maestro habla con su patrono del telégrafo, francés también, para que otorgue al joven tiempo libre para pintar. La jornada con Laglande será intensa y lo perfeccionará en técnica y color (41-42).
Mientras su fibra de pintor se fortalecía continuaba estudiando, haciendo teatro, trabajando en el telégrafo, con menos horas, y dibujando. Se añade a esta nutrida agenda las tertulias en casa del maestro Luis Desangles, en cuyo taller compartió con artistas, filósofos y literatos, amén de entrenarse también en arte con Desangles. Los encuentros hacen del lugar un Ateneo no oficial. Allí nuestro enjundioso cayeyano comparte con figuras como su maestro Eugenio María de Hostos, el escritor y periodista Federico Henríquez y Carvajal, con el novelista Manuel de Jesús Galván, quien ya había escrito su relato cumbre, Enriquillo), entre muchos otros de relieve histórico.
Con la inestabilidad social creada por el dictador Ulises Heureaux decide en 1894 continuar su crecimiento profesional en Haití. Ya había terminado la Escuela Normal. Trata de visitar primero a su madre y hermanos, pero no se lo permiten. Pasa un año en este país durante el cual crea lazos con el poeta y combatiente de la Guerra de Independencia Cubana, Francisco Gonzalo ‘Pachín’ Marín (1863-1897). Este contacto le permitió cristalizar en definitiva otra corteza a su vida que venía cuajándose en las tertulias en el taller de Desangles: la conciencia social y compromiso por la libertad antillana.
Para alcanzar la estabilidad, más variedad.
En esta etapa busca dónde establecerse en definitiva por larga duración. Visita a su familia en Puerto Rico, regresa a Santo Domingo a buscar pertenencias y continuar meditando sobre dónde se establecerá. Decide hacerlo en su pueblo natal, Cayey. Desea pintar, pero las circunstancias del campo no son ideales. Sin embargo, se siente atraído por el trabajo de los agrimensores, así que empieza a estudiar por carta esta profesión en la Universidad de Sevilla, aunque su deseo de seguir desarrollándose en la pintura continúa latiendo. En República Dominicana se enteran de sus deseos de proseguir estudios en Roma. Le ofrecen una pensión para que los realice, pero debe aceptar la ciudadanía dominicana. A pesar del amor tan grande a su familia adoptiva que prevalecía en la República Dominicana, a sus amistades, maestros y placer por la vida cultural del país, declina la invitación pues su conciencia puertorriqueña no se lo permite. Como alumno de Hostos, veía la hermandad antillana como confederación de identidades y sociedades bien definidas, no podría darse la unión sin ese principio. No obstante, regresa al país hermano y trabaja para el Teatro Nacional como escenógrafo, mientras pinta muchos cuadros que se venden con celeridad.
Nada lo detiene, deseaba unirse a los cubanos por su independencia, pero se le aconseja que no vaya pues puede perder su vida. Cuando regresa a Haití en 1897, donde prevalece hasta 1902, en efecto, su amigo Pachín Marín había muerto en combate por la libertad de Cuba. No obstante, allí se une al Club Revolucionario Betances en clara afinidad por la libertad antillana. Haití se vuelve su centro de operaciones, pues su espíritu inquieto lo lleva desde ahí a periodos de trabajo y estancias en Cuba, San Pedro de Macorís, Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico. Estos viajes revelan la diversidad de trabajos en los que se involucra: la decoración en el vestíbulo del Teatro Tacón en La Habana, bastidores escenográficos para Haití, realiza varias pinturas y cuadros de calibre artístico como La volteriana, Toussant Louverture en su celda de Fort de Joux, El gran día de Jaragua, La Crete a Pierrot, Retrato ecuestre del Presidente de Haití, múltiples decoraciones en los chalets, arcos de triunfo y enseñas de diputaciones, además de proteger a su familia ante las crecientes hostilidades entre Puerto Rico y España. En 1902 regresa a Cayey.
Al regresar a Puerto Rico se cerciora que su familia esté bien. Les ayuda económicamente. De inmediato, sale para Suramérica a buscar trabajo como pintor y decorador. Llega a Caracas y de ahí sale hacia Costa Rica con el deseo de conseguir trabajo decorando el Teatro Nacional inaugurado en 1897. Se tropieza con que el trabajo fue terminado por artistas italianos. Regresa a Caracas y luego va a Montevideo, Uruguay, países en los cuales busca sobrevivir económicamente con sus múltiples capacidades.
En 1904 recibe una carta de la reconocida poeta puertorriqueña Trina Padilla pidiéndole una postal pintada para su álbum. Acepta la encomienda. Regresa a su país. Pinta con tema religioso cuadros que le generan ganancias inmediatas, mientras en lo oculto inicia la pintura que le valió un lugar en la historia del arte caribeño: El pan nuestro.
De Puerto Rico a Roma y otra vez Puerto Rico. Diversificarse es la consigna.
La pintura le vale un reconocimiento de nuestro ilustre el pintor Francisco Oller, quien lo recomienda para recibir una beca del gobierno estadounidense en Puerto Rico que le permita estudiar en Roma. Frade anhelaba la beca, por lo cual realizó muchos intentos y proezas para obtenerla. Luego de varios fracasos, obtuvo la beca; Moncho vence por su talento. Es así como sale nuevamente del país y se radica en Italia. De espíritu apasionado llevándole a veces a contradicciones, allá estuvo sólo varios meses porque antes de embarcarse, el amor había tocado su corazón. Se había casado con Reparada Ortiz Utset con quien se radicó en definitiva en su Cayey querido.
Ahora tocaba el desafío de la vida matrimonial en un país partido por la pobreza. Pintaba, reparaba, decoraba, diseñaba fachadas, planos, diseñaba y construía muebles, trabajó como topógrafo, volvió a las caricaturas, seguía adelante. Desde Puerto Rico terminó un grado de arquitectura en 1927 de la American School of Correspondance. Pero no se quedó ahí. Nada lo detenía, aunque no pudiera viajar. En 1928 obtuvo una licencia de ingeniería, agrimensura y arquitectura que le permitió asegurar una base económica, mientras continuaba pintando a ese Puerto Rico que luchaba por su identidad (enciclopediapr.org/content/ramon-frade-leon/). Un espíritu creativo e inquebrantable le siguió hasta el fin de sus días. Fallece en 1954.

