Lazos entre Doña Fela y La Perla
El vínculo de nuestra ilustre doña Felisa Rincón (1897-1994) con la histórica barriada La Perla del Viejo San Juan emerge en una transición económica y política, con marcadas consecuencias sociales, para la cual activó su sensibilidad e intuición administrativa. Es conocido que nuestra ilustre nacida en Ceiba en 1897 no estudió trabajo social o sociología, sino que estudió en Nueva York diseño de modas y administración de este tipo de local. (Para más información biográfica sobre ella visita su autógrafo en https://autografo.tv/felisa-rincon-de-gautier/.) Sin embargo, también se había formado al fragor del sector liberal en Puerto Rico. Este movimiento político, si bien tuvo diferencias en cuanto al estatus, generó una visión social posibilista y populista que les unía. Desde el legendario Partido Unión, luego Partido Liberal hasta el Partido Popular Democrático, se fue cocinando una línea política que sostenía como solución a los problemas económicos el aumento del gobierno en el gasto total mediante incentivos a las firmas privadas y ayudas a los sectores empobrecidos (James Dietz, Historia Económica de Puerto Rico, 161-163). El Nuevo Pacto, plan estratégico creado por la administración del presidente de EE. UU., Franklin D. Roosevelt (1882-1945), contra la crisis económica que causó la Gran Depresión de 1929, fue puntal para la concreción de esta visión y práctica de reforma social que marcó a Felisa Rincón.
Así también, nuestra ilustre recibió el impacto del feminismo puertorriqueño que, a partir de la segunda década del siglo 20, forjó el camino para que en 1932 se cristalizara el sufragio para las mujeres. Fueron doce años de trabajo de base alfabetizando a la población femenina y despertando conciencias a favor de ese rasgo de equidad. Desde el Partido Liberal nuestra ilustre trabajó para alcanzar esa meta a la par de que iba aprehendiendo el tejido social puertorriqueño en su crudeza. A partir de 1938 fue parte del nuevo Partido Popular Democrático junto a Luis Muñoz Marín (1898-1980). En 1940 fue nombrada presidenta del Comité de San Juan del nuevo partido y en 1946, al ser electa alcaldesa, visitó, por primera vez, el interior de la Barriada La Perla.
La Perla
Las barriadas tradicionales en Puerto Rico son producto de las emigraciones del campesinado puertorriqueño hacia los espacios urbanizados. La Perla lleva el nombre de un fortín ubicado en la zona actual de la barriada. Allí prevalecen sus ruinas. Cuando el militar, ingeniero Thomas O’Daily fue asignado en 1754 para mejorar las fortificaciones en Puerto Rico, este menospreció el mencionado fortín por hallarse fuera de la ciudad y cerca de un matadero. La clase gobernante abandona la zona, pero no la clase desposeída negra o mulata. Es así cómo, desde el siglo 18, se levantan las primeras viviendas de la zona. Estas eran bohíos pertenecientes a los obreros que trabajaban en el matadero de ganado que alimentaba a las familias dentro de los muros. También vivían allí antiguas personas esclavizadas que quedaron sin hogar. Este asentamiento extramuros emergió como una marginal humana que crecía sin la atención de las autoridades españolas.
Si bien las migraciones internas en Puerto Rico pueden historiarse desde antes del siglo 20, las décadas del 20 y el 30 de dicho siglo constituyen picos del movimiento migratorio. Desde 1903, bajo el dominio estadounidense, se levantó un hospital para pacientes de tuberculosis. De hecho, el investigador Alex Claudio Morales en su libro Felisa Rincón de Gautier y su aportación al desarrollo de la barriada La Perla entre 1945 y 1951 verifica que en 1922 el 50% de las muertes por esta enfermedad se producían en la barriada La Perla y en Puerta de Tierra, lo cual refleja que la población había aumentado, puesto que el hacinamiento es terreno fértil para esta infección bacteriana. El hospital cerró a comienzos de la década del 30 en medio de una nueva ola de migraciones compuesta por familias campesinas, cuyos proveedores mayores habían quedado desempleados con la crisis de la producción cafetalera (31).
Las costas se volvieron atractivas para aspirar a conseguir trabajo en las avasallantes centrales azucareras. Se construían casas con materiales reciclados: cartón de cajas de jabón o bacalao, palmeras, latas. Desde San Juan los obreros podían llegar en tren al trabajo (36-38). En este periodo, a la crisis social puertorriqueña, constituida por el desempleo o empleo estacional, hacinamiento en los bohíos, descontrol de la natalidad, analfabetismo, represiones contra el sector obrero organizado que realizaban huelgas por justicia salarial, persecuciones al sector nacionalista, se unen el azote de los huracanes (San Felipe 1928, San Ciriaco 1932) y la Gran Depresión de 1929 en EE. UU. (38).
¿Qué sucesos vinculan a Felisa Rincón y a la Perla antes de conocerse?
A partir de 1933 se incrementa marcadamente el posibilismo político en Puerto Rico impulsado por el gobierno de EE. UU. Esta orientación política, ante las crisis sociales, busca negociar con todos los sectores para crear un aparato administrativo de subsistencia, que los incluya a todos. El presidente Roosevelt creó la Puerto Rican Emergency Relief Administration, conocida como la PRERA (1933), la cual proveía subvenciones para proyectos de socorro y obras públicas. Esta orden del gobierno estadounidense provocó que en Puerto Rico se creara el Plan Chardón (1934). Este proponía una reorganización económica sin cambiar el estatus político y apoyado por las subvenciones federales. Fue propuesto a la administración Roosevelt por el Rexford Guy Tugwell (1891-1979), quien era su Subsecretario de Agricultura y propulsor de la política de subsidios, por Luis Muñoz Marín, militante clave del Partido Liberal, y Carlos Chardón (1897-1965), científico, rector de la Universidad de Puerto Rico. Buscaba crear industrias apropiadas, la reubicación de los pequeños agricultores a tierras más productivas, diversificación de la agricultura, la compra de una central azucarera, reducir la fuga de ganancias, bajar el desempleo, aumentar el poder de compra e incentivar las emigraciones a EE. UU., entre otras alternativas a la crisis puertorriqueña (Dietz 167-170). Con el Plan Chardón se crearía la Ley de 500 acres que prohibiría a las corporaciones extranjeras exceder de esta cifra sus terrenos. Así el gobierno podría comprar las tierras en donde vivían hacinadas las familias campesinas para redistribuirlas en parcelas; buscar una división más equitativa de ese valor supremo (Dietz 171).
El Plan Chardón sucumbió a las fuerzas que buscaban beneficiarse de la dependencia del país. Es por esto por lo que el gobierno estadounidense continuó con su plan remediativo creando en 1935, la agencia Puerto Rican Reconstruction Administration, la PRRA, para proyectos de infraestructura, bajo la gerencia de Carlos Chardón. Aunque el Plan Chardón nunca fue aprobado como se concibió, sí se pusieron en práctica algunos de sus objetivos, mediante el posibilismo de la administración Roosevelt con sus subvenciones para socorrer en la salud, en la educación, en la vivienda, con el alumbrado eléctrico, bajo el gobierno de Tugwell en nuestro país. Un intento de reforma social y económica terminó la década del 30 y guio la del 40. Esta reforma centrada en lo posible a base de fondos y ayudas fue cincelando el espíritu de la gente de la barriada y a su próxima alcaldesa.
Cuando el 5 de diciembre de 1945, Felisa Rincón, visita por primera vez La Perla, el panorama la llevó a afirmar su compromiso con la erradicación de la miseria desde su posición posibilista, es decir movilizarse a buscar fuentes y redes de apoyo que solucionaran con inmediatez los terribles problemas del asentamiento. Aquel día observó que la barriada carecía de servicios básicos. La gente vivía apiñada en casas pequeñas de zinc, cartón y otros materiales perecederos. La niñez estaba desnutrida y la basura era un problema ambiental. “Nadie debería vivir así”- se dijo (Claudio Morales 45).
Construcción de lazos
En aquella primera visita, doña Fela, se enfrentó a su primer reto: el Matadero. “Le afectó, como siempre, el olor del matadero y los desechos sin recoger…” (49); además de observar cabras caminando entre las palmeras, la gente harapienta y la niñez llorando por dinero. Junto a este panorama y el de otros arrabales de San Juan decidió comenzar por renovar las fuerzas y el equipo de trabajo de los barrenderos capitalinos. Cerró el Matadero. Eliminó las cabras y otros animales que se criaban por la libre en la zona. Decretó reunión todos los martes con los ejecutivos de su administración para afinar el esfuerzo conjunto.
Las familias residentes de La Perla aceptaron las visitas constantes de la intendenta capitalina junto a su equipo de trabajo. Todos los miércoles la alcaldesa escuchaba directamente a la población sanjuanera; hasta allá llegaban los residentes de la legendaria barriada a llevar sus peticiones. De hecho, a raíz de una carta escrita al presidente del Senado, Luis Muñoz Marín, por la vecina de La Perla, Josefa Gutiérrez, quien fungió como portavoz de la comunidad, doña Fela se une al reclamo de que se les haga dueños de sus solares. El colectivo estaba amenazado por la política federal de ubicar a las personas de los arrabales en conglomerados de vivienda pública. Josefa Gutiérrez le recordaba al senador que la promesa de campaña electoral había sido que recibirían la titularidad de sus solares por un dólar. La comunidad de La Perla marcó resistencia causando impacto en la alcaldesa. Al respecto, Felisa Rincón, escribió al presidente del Senado:
Luis, el problema de los arrabales no es para resolverlo la Autoridad de Hogares. Ellos alquilan viviendas a inquilinos que no pueden pagar más de 6 u 8 pesos y que teniendo niños no consiguen quién les alquile una habitación… Ahora mismo están diciendo que van a tumbar la perla antes de dos meses (aunque este problema es distinto al de Santurce). ¿Y dónde van a meter los miles de personas que viven allí? Pregúntales, Luis, a dónde los van a meter. La realidad es que no tienen dónde. (18 de diciembre de 1946, carta de Felisa Rincón a Luis Muñoz Marín, 53)
El lazo de la niñez
Uno de los lazos más fuertes de Felisa Rincón con La Perla fue constituido por la niñez. Niñas y niños desarrapados, desnutridos, expuestos a tantos peligros fueron protegidos por su propia gente, quien pidió ayuda a la alcaldesa, reconociendo su alta sensibilidad con la infancia. En consecuencia, una primera Escuela Maternal, proyecto emblemático de la administración de Felisa Rincón para diversas barriadas en la capital, fue creada en la barriada del acantilado en 1949. El Club de Leones fue el auspiciador junto a cuatro mujeres voluntarias de la comunidad (71). Según constata el investigador Claudio Morales, se le proveyó a los pequeñines ropa, agua potable y educación. Se veló por la nutrición, recreación y principios de vida socializada. Esto ayudaba a sus padres a tener mejores condiciones para buscar trabajo y progreso económico (60).
Felisa Rincón confeccionó los estatutos para que esta escuela cumpliera su propósito. A los niños y niñas se les creaba un récord médico, un barbero pasaba a recortarlos, se enseñaba historia, Felisa misma velaba por el orden y ofrecía enseñanza espiritual que ella dirigía. Instaba a los cuidadores a trabajar con los niños y las niñas como si fueran su propia prole. Un detalle muy especial y delicado era que preparaban a las familias que deseaban emigrar a EE. UU. (69-72).
El lazo del agua.
Por más que se limpiara, el problema de higiene y sus subsecuentes enfermedades en La Perla tenía como detonante la falta de agua potable. Las familias recogían agua de lluvia para abastecerse, pero no era suficiente. Doña Fela creó un oasis permanente en la alcaldía para todas las familias que necesitaran agua, sin embargo, esta queda en un lugar empinado, lo cual dificultaba la carga de recipientes llenos del preciado líquido.
La comunidad de la Perla así lo hizo saber a la intendenta. Esta procedió, entonces, a solicitarle al comandante del ejército del Castillo de San Cristóbal que compartiera agua con estas familias por varias horas al día. El cuerpo militar accedió e instaló un tubo a través del cual llegaba agua a la barriada a ciertas horas. A partir de 1948 la comunidad tuvo agua potable, sus calles pavimentadas y los techos de las viviendas reconstruidos (66-67).
El lazo de la salud
En la década del 40 hasta el 50 los habitantes de la legendaria barriada llegaron a cinco mil personas. El hacinamiento continuaba provocando problemas de salubridad y enfermedades. El Hospital Municipal quedaba a una distancia poco práctica para una persona enferma en condición de emergencia. Es por esto por lo que en 1949 se inaugura un dispensario médico en La Perla. Este tenía cuatro salas para curaciones que lo ameritaran, se ofrecían exámenes médicos, había cuatro almacenes para medicamentos y servicios sanitarios. Contaba con un médico, una enfermera y una oficina apropiada al trabajo.
La nueva estructura de servicio para la salud era parte de la siguiente red de apoyo: el dispensario atendía en la mañana, por la tarde, las personas podían recibir asistencia médica en el Cetro de Tratamiento de Puerta de Tierra; de ser un parto, sería atendido en el Hospital Municipal con cuatro comadronas certificadas por el Departamento de Salud. La orden administrativa fue que se atendiera a toda persona, tuviera o no tuviera con qué pagar (68-69).
La clave: portavoces comunitarios
Es importante reconocer que esta barriada es un microcosmos cerrado flanqueado por el mar y la ciudad. Esa característica física provoca un tejido social, cuyos beneficios la gente supo aprovechar. Al igual que en otros sectores de la capital, líderes de la barriada La Perla crearon un comité que se comunicaba directamente con la alcaldesa y su equipo de trabajo. Este procuraba recoger las necesidades de la comunidad buscando la defensa y mejora física de esta (Alex Claudio Morales, “El barrio y su gente: La Perla”).
Los portavoces fueron: Luis Ramírez, Segundo Franco y “Arecibo” Sepúlveda. De esta manera se crearon vasos comunicantes, fluyendo información desde la barriada a la alcaldesa y desde esta al vecindario. Información de primera mano corría a través de esas portavocías comunitarias. La base para que este sistema funcionara era la cohesión existente en la zona. Los espacios compartidos, los problemas afrontados en grupo y las celebraciones colectivas favorecieron el alcance de esta fuerza comunitaria.

